—Sabemos que la hija llegó. Mejor abran antes de que esto se ponga feo.
Marqué al 911. Mi mamá intentó quitarme el teléfono, pero me aparté. Di la dirección y expliqué la amenaza. Después llamé al licenciado Herrera y puse el altavoz.
—No abra la puerta —me dijo—. Ya revisamos a Álvaro Salcedo. Tiene dos denuncias por esquemas de inversión falsos en Puebla y Querétaro. Grabe todo y no firme nada.
Daniela se cubrió la boca.
—Él dijo que eran pleitos de exsocios.
—También dijo que yo era egoísta —respondí—. A todos nos vendió una historia distinta.
La patrulla llegó antes de que tiraran la puerta. Dos hombres intentaron irse, pero los detuvieron. Traían pagarés y fotos de la casa. Mi papá tuvo que identificarse ante los vecinos.
En la delegación, la verdad salió por pedazos.
Álvaro había convencido a mis papás de firmar pagarés por 1 millón 450 mil pesos, supuestamente para comprar equipo de una franquicia de cafeterías. Les prometió que abrirían un local para Daniela y recuperarían el doble. Para presionarlos, les dijo que yo podía respaldar la operación si “dejaba de ser resentida”.
Pero lo peor fue una hoja que mi papá entregó con manos temblorosas.
Era una carta poder con mi nombre mal escrito y una firma que intentaba parecerse a la mía. Según ese documento, yo autorizaba a mi mamá a negociar parte del premio “por motivos de unidad familiar”.
Miré a Rosa.
—¿Qué es esto?
Ella empezó a llorar.
—Yo no la hice.
Daniela susurró:
—Álvaro me pidió una foto de tu credencial. Dijo que era para verificar que el boleto era real. Yo la tenía porque una vez me prestaste tu INE para recoger un paquete.
Me quedé sin aire. No solo querían convencerme. Si yo me resistía, iban a intentar usar mi identidad.
El licenciado Herrera llegó y habló claro:
—Esto ya no es pleito familiar. Hay posible falsificación, intento de fraude y uso indebido de documentos.